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viernes, 30 de mayo de 2008

Sexta Entrega

Eladio


Un hombre de pelo castaño, estaba sentado sobre el capó del coche de Abril. Permaneció allí durante más de media hora sin casi cambiar de posición, sólo de vez en cuando descruzaba los pies o se ponía la mano en la cintura. Tenía la mirada perezosa y triste. Beatriz supo que era él. Esa tarde, Abril estaba tardando mucho en salir del trabajo, quizás intentando evitar el encuentro. Pero la persistencia de él aseguraba el momento. Beatriz se acomodó en su coche y sólo le faltaron unas palomitas para sentirse como en el cine ante una de las grandes escenas de la película. Durante la espera, pudo fijarse en Eladio sin problemas. Tenía una especie de halo melancólico, como un aura incómoda que hacía que mucha gente se girara cuando pasaba por su lado. El color tan blanco de la piel, contenía una mirada verdosa y estancada, seguramente, en turbios pensamientos. La psicología barata de las primeras impresiones solía serle de gran utilidad, aunque Beatriz nunca lo hubiera reconocido. Así que aquél era él, el hombre que escribía cartas para Abril y que algún día ella conocería. Algún día como hoy.





A veces,


noto el roce en el cuello


de un labio invisible



No I in Threesome, Interpol

viernes, 23 de mayo de 2008

Quinta entrega

Beatriz y Eladio

Cuando la poesía salta por la ventana, empiezas a darte cuenta de que las cosas no van bien. Hacía tiempo que el lado poético de la vida de Beatriz había caído desde una altura aproximada de 200 metros, pero, milagrosamente, y gracias a la carta de Eladio, la poesía había vuelto del más allá para sentarse a su lado. No podía dejar de leer la carta, una y otra vez, desde que fue a parar a sus manos. Pasaba los dedos por encima de las palabras, como si tocándolas, pudiera hacerlas aún más suyas. Pero eran de otra. Y esa otra era Abril, otra vez Abril.

Beatriz empezó a preguntarse cómo sería Eladio y, sobre todo, qué relación le unía con la otra. Y llevando su obsesión aún más lejos, decidió seguir espiando a su presa y tirar del hilo hasta dar con el autor de aquella carta que debía haber sido escrita para ella.

Montó guardia en la puerta del trabajo de Abril. Solía cambiar de lugar y unos días se quedaba en el coche y otros paseaba por la zona distraídamente. Ella solía ser puntual por lo que podía controlar sus movimientos sin problemas. Beatriz estaba empezando a abandonar a algunos pacientes pero siempre se daba a sí misma la excusa de que podía permitírselo.

Los días pasaban y Beatriz conocía al milímetro los pasos de su espiada. Pero ni rastro de Eladio. Estaba empezando a desesperarse. A veces sentía miedo de ser descubierta antes de poder conocerlo. Le daba igual perder su relación con Max o incluso su reputación profesional. Ahora, sólo quería conocer al autor de aquella carta que podría haber sido para ella.

Y un día, gracias a la casualidad, Beatriz vio por primera vez a Eladio.
Y no supo qué hacer.





El haikú:





Nos enfadamos

y los cepillos de dientes

se dan la espalda.




lunes, 19 de mayo de 2008

Cuarta entrega

Y la carta decía así:

“El mundo ha dejado de ser el mismo. La gente sigue caminando por el parque con la misma cadencia, los perros callejeros cruzan las calles inconscientes de su peligro y la leche desnatada sigue sin saber a nada, pero el mundo ahora es diferente. Las cucarachas siguen colándose por debajo de algunas puertas, los pasteles se deshinchan al salir del horno y las muelas siguen doliendo al contacto con el azúcar puro, pero las cosas han cambiado. La vecina del sexto no se ha quitado aún esos zapatos con plataforma que hacen retumbar la casa, los mercados siguen despidiendo hedor a pescado y los niños maleducados no han dejado de patalear por los suelos del centro comercial, pero la vida ya no es igual.

Te he conocido.

Eladio.”



El haikú:

El trago

de agua
fría

me dibuja por dentro

viernes, 9 de mayo de 2008

Tercera entrega

Beatriz y Abril


Me dediqué durante un tiempo a seguir a Max cuando salía de mi consulta. Así fue como di con ella, su novia. Vivía en un adosado a las afueras de la ciudad. Pasaba tardes enteras, dentro de mi coche, aparcada frente a su casa, midiendo cada uno de sus movimientos. Cuanto más la observaba, más especial me parecía ella y más rastrera me sentía yo, como en aquella canción de Radiohead. I wish I was special, you're so fucking special, but I 'm a creep… Trabajar con tantos enfermos mentales, me estaba convirtiendo en uno de ellos.









De nuestro primer contacto, ella no se dio ni cuenta. Bajaba corriendo las escaleras del parque cargada con una carpeta muy gruesa. Resbaló, con esos taconazos que llevaba, y decenas de folios salieron despedidos hacia ninguna parte. Llovía, y yo, enfundada en un chubasquero discreto, corrí en busca de la hoja que el viento se llevó más lejos. Me la quedé. Subí al coche y me puse a leerla, con la impaciencia de un enfermo que espera los fatídicos resultados. La lluvia se había llevado palabras, qué ladrona, pensé.




La casualidad hizo que aquella tarde lloviera, que ella escogiera esos zapatos negros de corte salón y que el viento me acercara amablemente la que iba a ser la carta más importante de mi vida, una carta que ni siquiera iba dirigida a mí. I’m a creep.



Continuará….




Tu haikú:


La mano

toca la guitarra

pero me acaricia a mí


viernes, 2 de mayo de 2008

Segunda entrega

Beatriz


Era un paciente especial. No era la primera vez que me pasaba, pero en las sesiones con Max, a veces, me sentía incómoda. Le hacía retroceder en el tiempo para encontrar el origen de sus males y, en cada paso que él daba hacia atrás, yo más me acercaba. Le robaba sus recuerdos, como haciéndolos míos e imaginaba morbosamente cómo los perdía sin remedio. Un buen profesional lo hubiera derivado a un colega, pero yo, ni quería ni podía hacerlo. Y menos ahora que él había conocido a alguien y eso me ponía extremadamente celosa. Desde el punto de vista facultativo, la relación que acababa de empezar era un buen aliciente para su recuperación, pero desde mi punto de vista, tenía que acabar con ella. Y de raíz.




Fran


Mi madre está fatal. Desde que la conozco, me parece mentira que sea psicóloga. El otro día me dijo que estaba pasando por un mal momento… quizás creyó que podría desahogarse conmigo, qué ilusa porque yo no tengo vocación de imbécil. A mí me gusta ir a mi rollo. El otro día vi a Blanca pasando por mi calle. Paseaba con su perro, una rata asquerosa, y ella parpadeó tan lento que creí que, en ese intervalo, podría acercarme, besarla y salir corriendo. De los nervios, me mordí la lengua. Ahora, Blanca sabe a sangre ¿Qué diría mi madre de todo esto?



El haikú:


Pisamos las piedras suaves

de la playa,

mezcla de dolor y placer.

viernes, 25 de abril de 2008

Entrega por capítulos

Abril

Pura casualidad. Le conocí por una estúpida casualidad. Estaba sentado entre dos taburetes, insolente, como desafiando a la gravedad. Le rogué, con un gesto de ceja de mi catálogo de muecas, que abandonara uno de sus asientos y acabó invitándome a una copa. Empezó hablando de la rutina y, por pura casualidad, se fue a su repertorio de canciones tristes que almacenaba detrás de la lengua. De vez en cuando, acompañaba con gotas de saliva alguna de sus palabras, como intentando deshacerse de ellas. Por casualidad, me quedé con algunas. Y ahí empezó todo.


Max

Desde el principio quise ser músico, pero no me dejaron. Siempre encuentro a alguien para hacerle responsable de mis carencias, o eso dice la psicóloga. Será perra. Bueno, yo sé que mi verdadera vocación es la música, pero no me dejaron. Aquella tarde, cuando la conocí, estaba más hundido que nunca. Sentía que mi vida era como la segunda parte de la vida de otro. Al principio creí que detrás de ella, en realidad, había otra. Y me propuse conocerla. A la otra.

Continuará.


En soledad
los segundos mueven
el péndulo de las dudas